Ser fascista, es algo casi indefinible, un quid, una mezcla de activismo, de juventud, de combatividad, de misticismo. Ser fascista, es saber tener un paso sobrio y relajado, trágico y solar, es poseer una voluntad de grandeza, de potencia, de belleza, de eternidad, de universalidad. Es adherirse a una lógica de fraternidad, de camaradería, de comunidad.

Ser fascista es ser consciente de un destino y desear desvergonzadamente enfrentarse con él, tener la capacidad de vivir plenamente en el grupo, en el equipo, en el clan y de saber elevar este lazo al nivel de la nación y al nivel del imperio. Se trata de superarse, de darse forma a sí mismo y al mundo.

Ser fascista es disfrutar de los moralistas escandalizados, de blanqueados sepulcros y viejos peluquines. Es cultivar la radicalidad en el pragmatismo, sentir asco por la decadencia y la pequeñez de espíritu sabiendo vivir en su tiempo, merendarse a la modernidad extrayendo el entusiasmo fáustico por la modernidad.

Ser fascista es tener por compañeros, más allá de complicaciones cerebrales, al fuego, al mármol, a la sangre, a la tierra, al sudor y al hierro. Es conseguir hacer vibrar sus cuerdas interiores sobre la frecuencia más humilde a la vez que se reúsa de la adulación, de la indulgencia, de la demagogia y de la prostitución intelectual.

¡Sólo sentimos nostalgia por el futuro! El fascismo es fundar ciudades, sanear tierras, llevar un proyecto de civilización. Es concebir la existencia como una lucha y una conquista, sin resentimientos. Es regalarse a sus camaradas, a su Nación, a su ideal justo hasta el sacrificio extremo.

Adriano Scianca